El Autor

Anand Boaz

Hay poco que contar de mí.

O mejor dicho: lo que se podría contar — la biografía, las fechas, los méritos — es justo lo que menos importa aquí. Mi historia personal no es el tema. Lo que de verdad cuenta no es lo que he llegado a ser, sino lo que fui soltando: las capas de lo irreal, las identidades prestadas, la galaxia de ilusiones que tomaba por «yo».

Porque no aspiro a crecer como personaje. No busco engordar una historia personal ni añadirle capítulos. Mi aspiración, si es que puede llamarse así, es la contraria: apartarme. Hacerme lo bastante transparente para que la vida pase a través de mí sin que yo la estorbe.

Por eso firmo Sophia Contempla Flow, y no solo con mi nombre. No es un seudónimo: es una descripción de lo que ocurre cuando el que escribe se quita de en medio. Sophia es el Testigo: la sabiduría que ya sabe — no la mía, la que nos precede a todos —, el ojo quieto que da realidad a todo lo que mira. Contempla es su mirada desapasionada, la que observa sin juzgar. Y Flow es la vida moviéndose, derramándose, obrando. Sophia contempla el Flow de la vida — y, en los mejores momentos, lo hace a través de este cuerpo que lleva el nombre de Anand Boaz.

Anand Boaz no es quien te habla. Es por donde, a veces, algo más grande consigue hablar.

El contorno del personaje

Y sin embargo, ya que estamos, dejaré apenas un esbozo — no un currículum, solo el contorno del personaje.

Fernando Domínguez Jiménez nació en Sevilla el 7 de junio de 1978, y se crió en Andalucía, en la Sierra de Cádiz, con sevillanas y flamenco de fondo. Siendo niño, su familia viajó a Barcelona buscando un futuro mejor. Fue un crío inquieto, buscador, enamorado de la lectura y de la poesía: a los nueve años ya se sabía el Nuevo Testamento casi de memoria. A los dieciséis cayeron en sus manos unas revistas de Ramiro Calle, y aquello abrió una puerta que nunca volvió a cerrarse — el yoga, la mente, el espíritu, la pregunta. Desde entonces, no ha dejado de buscar.

De aquella búsqueda nació, con los años, otro nombre. Anand me lo dio mi maestro: en sánscrito es la dicha, el gozo sereno del Ser. Boaz me lo dio mi maestro de la Biblia: en hebreo significa «en él hay fuerza», y es el nombre de una de las dos columnas del Templo, la que sostiene en pie todo lo demás.

Ninguno de los dos nombres lo elegí. Me fueron dados, como se dan los regalos. Y eso es exactamente lo que son: un regalo — igual que es regalo la vida nueva a la vida sin tiempo.

El suelo bajo los pies

Lo que de verdad me sostiene no es lo que he estudiado, sino una sed. Desde los dieciséis años, algo en mí decidió que buscar era lo único que merecía de veras la pena — y a esa búsqueda me entregué antes que a ninguna otra cosa. Todo lo demás vino después, y vino por ella: mientras me buscaba a mí mismo fui estudiando, acompañando a personas en consulta durante más de quince años, formándome en acupuntura bioenergética, en macrobiótica y en yoga por la AEPI. Pero nada de eso es el centro. El centro es la sed. El conocimiento solo fue el cauce por donde corría.

Y con los años he llegado a sospechar que esa sed no era mía: que era el modo en que algo más grande me buscaba a mí.

«El Espíritu que él hizo morar en nosotros nos anhela celosamente.»
Santiago 4:5

No los escribí: los atravesé

No escribí estos libros: los atravesé. Cada uno fue una muda de piel — el lugar donde dejé de ser quien creía ser. No me senté a explicar algo que ya sabía; me senté a averiguarlo, y lo que iba quedando en la página era lo que sobrevivía a la pregunta. Por eso no son manuales ni teorías. Son las marcas de una mentira que se fue desprendiendo de mí, vuelta a vuelta, hasta quedarse con lo que no se puede soltar.

أَدِينُ بِدِينِ الْحُبِّ أَنَّى تَوَجَّهَتْ رَكَائِبُهُ فَالْحُبُّ دِينِي وَإِيمَانِي

Mi corazón se ha vuelto capaz de todas las formas:
pradera para las gacelas, claustro para el monje,
templo para los ídolos, Kaaba del peregrino,
Tablas de la Torá y libro del Corán.
Sigo la religión del Amor: hacia donde quiera
que se dirijan sus monturas, allí están mi fe y mi camino.

Ibn Arabi · 1165–1240

Gratitud

A todos los que se atrevieron a Ser, mi gratitud — porque su luz alumbró la mía. A Rumi y a Ibn Arabi, a Ramana Maharshi, a René Guénon, a Consuelo Martín, a Rupert Spira. A las tradiciones que guardaron el fuego y lo fueron pasando de mano en mano, de siglo en siglo, hasta llegar a las mías. Nada de lo que he escrito es mío: es lo que ellos encendieron.

Y a ti, maestro:

Merci, Maître.
Merci d'être toujours là. Merci pour l'amour que tu me témoignes. Merci de m'inspirer. Je m'incline à tes pieds.

Je t'aime, Maître.

Hineni. Aquí estoy.